SACRIFICIO

bolivia-peru2012-083

Todavía escucho al Bobi, se ponía celoso y te ladraba, vos lo querías tanto como yo y los tres juntos éramos capaces de todo, ¿te acordás las escapadas al arroyo a la hora de la siesta, el puente colgante, la tierra, las totoras? ¡Cómo jugábamos Paquito! Carreras, manchas, escondidas, huevos podridos. Mamá pidiendo que dejara de jugar, que me metiera de una vez en la ducha y después en la cama. El Bobi siempre pegado a mí y yo pegado a vos por una cadena invisible. Todo era perfecto, hasta que mamá empezó con que estabas enfermo: que no había forma de salvarte, que ibas a estar mejor allá en el cielo, cerca del niñito Jesús, que teníamos que rezar y pedir por tu alma, todo eso decía.
Durante una semana no dejaron de venir los vecinos del barrio, todos sabían lo que estaba pasando y a su manera también te querían. Sin embargo me molestaban, las visitas que hacían con cara de susto confirmaban que era cierto, sufrías.
La que más me molestaba era la Rita, gritaba como una loca cuando te veía ahí tirado.
-¡Ay Dios santo, se muere, se muere!- decía.
A veces venía con su hermano, el viejo enano al que llamaban Arbolito, un hombre bien feo que me daba miedo, terror o no sé, algo parecido al vómito cuando está por venir, y que para colmo repetía como loro lo que su hermana decía, con esa cara de marmota moribunda.
Hacían fila para verte los desgraciados: la Yiya con la hija de Don Bruno, los nietos de Pericé, los Chingolitos más pequeños que se te tiraban encima hasta que mamá los echaba, la Margarita, que era medio prima de papá, con la mujer que vivía más allá, cerca de la casa de Chachá, y el señor Peralta, que me traía caramelos de su almacén, con ojos de abuelo tierno me acariciaba la cabeza y me decía: “quésevaser Ivancito”, y yo gritaba: “¿qué vamos a hacer? ¡salvarlo!”, salvarte quería. Pero todos ponían cara de resignación y se dejaban estar, te dejaban estar. Y mamá que no entendía y dejaba a entrar a esas viejas feas que se ponían a tu lado y rezaban, plegarias y plegarias que no sirvieron para nada, sólo para ponerte más triste y dolorido.
La única que no me molestaba era la hija de Carmela, que era más grande que yo pero parecía de mi edad. Ella te traía flores del jardín de la mamá, rosas de muchos colores ¿te acordás no?, vos ahí apenas sintiendo los aromas, pero contento, yo sé que sí.
Las viejas feas no paraban de rezar, de pasar las manos por el rosario descontando los nudos y mamá que no entendía. El único que entendía era el tío Alberto; le pedía a mamá que echara a las viejas, que me dejaran tranquilo con vos, para despedirte como Dios manda. Y peleaban, porque mamá decía que vos no eras mío, eras de Dios y te merecías esos rezos para salir del purgatorio, porque nada de andar con almas sueltas en la casa. Entonces yo agarraba al tío Alberto de las piernas, aferrado a la tela se su pantalón como si fuera una bandera, lloraba, vos sabes bien cómo lloraba y entonces mamá aflojaba y les decía a las viejas que se vayan. La Laura, la Mabel y la Yamatoli, eran las que más me molestaban, porque iban a casa a pasar la tarde, muertas del aburrimiento, solas, con los maridos ocupados en el trabajo, encontraban en vos, en tu agonía, algo que mirar con esos ojos de sapo reventado en el asfalto. Viejas feas y bigotudas. Todavía tengo ganas de pegarles con un palo y sacarlas a baldazos de agua de al lado tuyo.
Y Fabricio haciendo trámites, viendo dónde era mejor enterrarte, rezando también, aunque de un modo diferente, porque él, como yo, seguía pensando que era posible que te curaras, que era posible que no murieras. Aunque no decía nada y actuaba según mamá que parecía que disfrutaba con los preparativos.
Y papá nada, mudo, dejando que todo sucediera. Volvía del trabajo, se sentaba en el patio, cerca de la planta de cornetas naranjas, y miraba el cielo, largamente, con una tristeza que no voy a olvidar nunca. Me asomaba por la cortina de la ventana de mi cuarto, que daba al patio, y lo miraba, con unas ganas enormes de abrazarlo, de que nos consoláramos los dos con un abrazo interminable. Fue él el que me enseñó a quererte y sé, vos también sabes, que él te quería más que nadie, más que yo. Las viejas feas lo palmeaban, decían que daban el pésame y vos todavía estabas vivo, con nosotros, ahí, de una forma miserable, pero vivo, mirándonos.
Yo no creo más en Dios desde entonces. Tanto rezamos, tanto pedí que fuera mentira, que volvieras a levantarte y a correr hasta el arroyo con el Bobi ladrando; de alegría ladraba, no había nada que le gustara tanto como jugar esas carreras hasta el puente. Pero no era mentira, no podías levantarte y el plazo corría, el plazo que había puesto mamá, la fecha que había puesto mamá para el sacrificio:
-Si no se levanta para el viernes…no vamos a tener opción- dijo, con frialdad, con naturalidad lo dijo, como si dijera “voy al almacén”, y papá hizo un gesto de aprobación con la cara, y empezaron a buscar alguno del barrio que tuviera un rifle, y prepararon todo y yo sentí que estaba en una película de terror.
Llegó el viernes y vos no te levantaste, no podías Paquito, yo sé. Perdoname, no pude hacer nada. Llegó el maldito momento en que Sofía abrió la puerta del cuarto llorando y dijo:
-Ya está.
Yo no sé qué hice en ese momento, aunque intento no lo recuerdo. Creo que me puse a maldecir a alguien, a Dios, a la virgen, a quien sea que debía salvarte y no lo hizo. A mamá también, porque ella fue la desgraciada maldita que empezó con todo, y no le des la razón Paquito, no digas eso, no digas que te querías morir. Ya sé, te dolía, pero no es justo, nunca es justa la muerte. Y qué importa que en Herrería Nueva haya muchos caballos negros, yo te quiero a vos Paquito, yo te extraño, pero decime, ahora, donde estás, ¿ya no te duele?

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Acerca de mariavictoriaponce7

María Victoria Ponce nació en Azul, Provincia de Buenos Aires, Argentina, en el año 1987. Se graduó en Derecho en la Universidad Nacional de La Plata. Posteriormente cursó la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires, y participó del taller de escritura que dirige el escritor Alberto Laiseca. Sus textos y cuentos han sido publicados en revistas culturales y medios digitales de Buenos Aires, como Revista El otro, Cosecha Roja y Plaza de Mayo, ha participado en diversos ciclos de poesía, lectura y arte. Durante el año 2014 junto al músico Josué Geredus, y a la actriz Belén Orozco, creó la obra “La boca” con texto de su autoría. La misma fue presentada en bares y centros culturales de la ciudad. En junio de 2015 publicó su primer libro de cuentos "Cruzar la calle". Actualmente se encuentra trabajando en la edición de su primer libro de poemas “El balcón y el árbol”.
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