A las sierras de Granada me trajeron los caminos

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Verde que te quiero verde, decía mi madre. Verdes vientos, verdes ramas, decía. Podía ser en cualquier momento, sólo bastaba que los versos se le vinieran a la cabeza. Son del poeta García Lorca, decía y yo pensaba en el poeta español, nacido en Granada, asesinado en Granada; el poeta del romancero gitano, el poeta del cante jondo, el hombre que escribió las Bodas de sangre.

Granada siempre fue para mí un lugar del más allá, un sitio que no existía en la realidad sino en esa zona dominada por la imaginación. Sin embargo existe, y a sus callecitas, puentes y laberintos de piedra me trajeron los caminos; fui dando pasos lentos pero seguros para llegar a ver y sentir una belleza sin nombre.

Camino y camino sin cansarme, subo y bajo cuestas, me detengo asombrada frente a los detalles minuciosos de la construcción, las piedras colocadas pacientemente, los azulejos, los templos, las escaleras, las murallas, las puertas que dividen las zonas, las sierras que se asoman por los bordes y que hacen de la ciudad un valle sagrado.

La Alhambra (una ciudadela/fortaleza construida durante la dinastía Nazarí, cuando la invasión árabe a España) se ve desde cualquier sitio, aunque claro desde algunos sitios se ve mejor, y más. Es un castillo de arena sobre un cerro. Irrumpe, totaliza; uno tiene la sensación de que no podrá dejar de mirarla, aunque quiera. El parque que la rodea, poblado de árboles que ahora están dejando caer sus hojas sobre los bancos y las acequias, huele a  naturaleza viva y antigua.

Hay que perderse, no hay opción.

En el laberinto del Albaicín (que ahora es mi barrio) hay caminos que se cortan, otros que se dividen; en algunos sólo cabe un cuerpo y uno piensa que no podrá encontrar la salida,  hasta que de repente se abre y allí están ellas, otra vez: la Alhambra y la ciudad allá en lo bajo. Entonces uno toma conciencia de lo diminuto que es y de lo intensa y hermosa que es la vida. Después hay que bajar al Paseo de los tristes, a la Plaza nueva, cruzar la Gran vía y caminar por el centro para después subir por el Realejo y escuchar el sonido del río junto al viento.

Tierra de gitanos, árabes, cristianos y judíos. Pueblos que se mezclan, alquimia deliciosa de la historia.  Inquisición y fascismo, pero también resistencia, cantores y poetas. Granada, me quedo en tus callecitas, entre tu gente cálida y alegre, con el cuerpo tendido bajo tu sol.

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Acerca de mariavictoriaponce7

María Victoria Ponce nació en Azul, Provincia de Buenos Aires, Argentina, en el año 1987. Se graduó en Derecho en la Universidad Nacional de La Plata. Posteriormente cursó la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires, y participó del taller de escritura que dirige el escritor Alberto Laiseca. Sus textos y cuentos han sido publicados en revistas culturales y medios digitales de Buenos Aires, como Revista El otro, Cosecha Roja y Plaza de Mayo, ha participado en diversos ciclos de poesía, lectura y arte. Durante el año 2014 junto al músico Josué Geredus, y a la actriz Belén Orozco, creó la obra “La boca” con texto de su autoría. La misma fue presentada en bares y centros culturales de la ciudad. En junio de 2015 publicó su primer libro de cuentos "Cruzar la calle". Actualmente se encuentra trabajando en la edición de su primer libro de poemas “El balcón y el árbol”.
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