La noticia

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A la memoria de Mariano Ferreyra

Cuando Laura llamó para darme la noticia, yo estaba en el correo. Dijo que habían matado a uno de los nuestros o algo así. No entendí, o no quise entender ahora que lo pienso. Me quedé con el teléfono en la mano, esperando que dijera los detalles de lo que había ocurrido. Ella cortó la llamada sin darme tiempo siquiera a preguntarle dónde estaba.
Laura no es una mujer dramática y el peligro no la atemoriza. Yo, que más bien soy de los que esperan que los problemas se resuelvan solos, supe que algo jodido había pasado y que no podía quedarme quieto. Alguien cercano a nosotros había muerto.
Intenté comunicarme con Laura pero ya no tenía crédito en el celular. Ella volvió a llamar. Tenía la voz débil.
-Mataron a Mariano – dijo. Luego cortó.
Algo se rompió para siempre. Comenzó a dolerme la panza, como si alguien metiera una tenaza gigante para sacarme un órgano. Corrí sin dirección alguna. A los pocos metros, por San Juan, encontré un bar. En la televisión estaban pasando el informativo. Vi la imagen de Mariano: los medios ya tenían la noticia. Me metí en el baño como si de eso dependiera muchísimo mi vida. Me mojé la nuca, la cara. Me refregué los ojos, me apoyé en la puerta. No sé cuánto tiempo estuve así. Quise que todo terminara, igual que las pesadillas al despertar.
Salí empapado. Vi a Patricio caminando por la vereda de enfrente. Cuando intentó cruzar la calle un colectivo estuvo a punto atropellarlo. El conductor nos ensordeció a puteadas y bocinazos. Hacía calor y Patricio sudaba baldes. Tenía los ojos desorbitados, le temblaban las piernas. Tuve que gritarle para que respondiera mis preguntas.
-Están yendo todos para el centro- dijo.
-Vamos para allá –propuse.
Caminamos en silencio hasta la parada del colectivo. Cuando pasamos por el bar La Misión, Patricio vio la noticia.
-Loco ese no puede ser Mariano ¡no puede ser!- gritó.
Las imágenes debían ser de los segundos o minutos posteriores al disparo. Mariano aún estaba vivo, se veía convulsionando, retorciéndose. Dos o tres personas lo levantaban y lo metían en una ambulancia.
Esperaba que Patricio llorara, como Laura, como yo en ese momento. Pero él estaba duro como el mármol. Con las manos apretaba una bronca desatada. En ese momento lo llamó alguien que supuestamente estaba en la estación. No sé de qué hablaron. Patricio lo mandó a la mierda.
Cruzamos varios móviles de policía en el camino. Por las calles del centro andaba más gente de lo normal, todos parecían saber la noticia. Bajamos en la esquina donde esperaban los demás, Patricio se metió en el tumulto y no lo volví a ver.
Busqué a Ruth, traté de conversar con ella, de que me explicara qué carajo había pasado porque no entendía. La vi hablando con un grupo. Me acerqué y le pregunté por qué no me había llamado.
-A Julia también le dieron Juan, está herida, muy grave-dijo.
Intenté abrazarla, ella me palmeó la espalda con cierta lejanía y dijo que necesitaba resolver varias cosas. No quise saber nada. Volví a sentir puntadas en la panza, un mareo me dejó ciego. Me senté y apoyé la espalda en la pared. Ruth me trajo agua o algo para beber no recuerdo qué y luego se juntó con el resto. Al rato volvió y me preguntó si me sentía mejor, me pidió un cigarro pero ya no tenía.
Quise saber quiénes, cómo, pero no podía hablar. Los mareos eran cada vez más fuertes, y en mi cabeza la imagen que había visto en la televisión pasaba y pasaba, como una repetición maldita. Quería que Ruth dijera algo que me aliviara. Algo que le diera al menos un sentido a semejante desastre. O mejor que mintiera, que dijera que Mariano estaba esperándonos en su habitación, tocando la guitarra, preparando el mate. Pero Ruth volvió a irse. Empecé a gritar. No sé qué le pedí ni qué le dije pero sé que repetí lo mismo muchas veces, a los gritos. Ruth volvió a mi lado con la cara demacrada. Sus ojos estaban grandes y blancos: dos espejos de clemencia y miedo. Después me desmayé.
Al otro día desperté en casa de mamá. Ella me acariciaba la frente con la mano abierta, cálida, tierna. Tenía miedo; se le notaba en los ojos. Apenas pude me senté en el borde de la cama, junto a ella y la abracé. Ella lloraba agitada, sin consuelo: los dos sabíamos que me habían matado a mí también.

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Acerca de mariavictoriaponce7

María Victoria Ponce nació en Azul, Provincia de Buenos Aires, Argentina, en el año 1987. Se graduó en Derecho en la Universidad Nacional de La Plata. Posteriormente cursó la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires, y participó del taller de escritura que dirige el escritor Alberto Laiseca. Sus textos y cuentos han sido publicados en revistas culturales y medios digitales de Buenos Aires, como Revista El otro, Cosecha Roja y Plaza de Mayo, ha participado en diversos ciclos de poesía, lectura y arte. Durante el año 2014 junto al músico Josué Geredus, y a la actriz Belén Orozco, creó la obra “La boca” con texto de su autoría. La misma fue presentada en bares y centros culturales de la ciudad. En junio de 2015 publicó su primer libro de cuentos "Cruzar la calle". Actualmente se encuentra trabajando en la edición de su primer libro de poemas “El balcón y el árbol”.
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