La primera enchilada

Mercado San Cristóbal de las Casas, Chiapas.

Mercado San Cristóbal de las Casas, Chiapas.

La primera enchilada

Tengo que hablarle despacio, pronunciar las palabras lentamente. No puedo dejar que mi lengua use los modismos ni las frases inventadas por mí para decir ciertas cosas. Es un ejercicio fascinante; entrenamiento de la paciencia que tanta falta me hace.

Cuando no entiende lo que digo me pregunta “¿cómo?” y buscamos entre los dos el verbo, la acción, el imperativo, o algún término que suene parecido y nos ayude a entendernos. Es sorprendente, conoce el origen de casi todas las palabras y no se molesta en lo más mínimo en contestar cada una de las preguntas gansas que le hago. Hasta que definitivamente recurrimos al lenguaje universal: la risa. Reímos y reímos frente al desconcierto y la alegría de habernos encontrado en un país que no es el nuestro, pero que tomamos como propio porque así lo sentimos.

Él fuma sin parar y mira por sobre sus anteojos. El patio tiene un jardín florido, aunque la última caída de granizo lo destrozó un poco y el temblor de la semana pasada hizo remover la tierra. Estamos sentados bajo el sol, comenzamos a sudar, con tono bajo dice:

-No quisiera más mate.

-Está bien- contesto.

Hablamos de las noticias, se muestra preocupado por el paquete de “rescate” que la troika le ha impuesto a su país.  Se pone serio, se enoja, pueta a los gobiernos, a la Unión Europea, finalmente se pone triste:

-Voy a regresar pronto- dice y pienso que en si en Argentina sucediera algo similar también regresaría. No sé, cierto patriotismo, pedorro, pero patriotismo al fin.

Cuenta que vino a México en plan de estar solo y aclararse las ideas sobre su vida, que está en San Cristóbal de las Casas hace dos meses y que le parece que es una linda ciudad para vivir.

Después viene Deneb, nuestra amiga mexicana, “chilanga” le dicen porque ha nacido en el DE-EFE. Ha sido difícil aprender su nombre, pero ella está acostumbrada: Benet, Beneb, DE-NEB! Es morena, los ojos grandes, redondos, marcados por una fina y delicada línea negra que ella se hace todos los días con un lápiz que nunca vi pero que guarda en algún lugar  secreto. Tiene el pelo larguísimo y lo usa suelto. Tengo la impresión de que somos hermanas, o algo así. Nuestros rasgos, aunque diferentes, se parecen.

-De alguna tribu venimos- digo y ella ríe.

Con un gesto que oscila entre el cansancio y el aburrimiento, se enciende:

– Oie ¿me acompañas al mercado?

-Ahora no puedo.

-Ándale, que quiero hacer pastel de plátanos.

-Es que ahora no puedo- digo  y  con los ojos le indico que estoy ocupada.

-Yo ya me voy, tengo un amigo que espera- dice el amigo europeo.

-Ándale, tantito nomás bajamos y volvemos.

-Está bien- digo y salimos a la calle. Nuestro amigo nos despide, hasta más luego.

Nosotras caminamos las cinco cuadras que separan al mercado de nuestra casa. Las callecitas son empedradas, las veredas angostas, tanto que tenemos que caminar en fila porque nos chocamos. Las casitas de clásico estilo colonial, con grandes y luminosos patios en el centro, son hermosas, las fachadas están pintadas con colores brillantes. Lo que se ve y oye: puestos de frutas en las esquinas, niños caminando con canastas de elotes (choclos) o de pequeños animalitos de porcelana, turistas. Cada tanto la lluvia nos moja, la recibimos con alegría, pues ni modo: es la época, la canícula quedo atrás.

Deneb camina tocando la jarana, está tomando clases y no para de practicar. En el camino la que toma  clases soy yo: le pregunto a Deneb los nombres de las frutas y verduras que desconozco, que son la mayoría de las que están expuestas en el mercado que es enorme y se expande en largos y finos pasillos que forman un laberinto repleto de gente.. Los puesteros gritan sus ofertas, los niños corren y trabajan, juegan mientras trabajan. Las señitos pasean las gallinas atadas de las patas, todavía vivas, agonizando, ¿vivas se venden mejor?

Tomamos una dirección que Deneb conoce bien, la sigo, miro todo alrededor con los ojos asombrados como los de un niño: puestos con bolsas de frijoles de todos los colores, cacahuates con chile, naturales, grandes, pequeños, enteros, cortados. Almendras, pasas de uva, de ciruelas. Puestos con flores y yuyos de todas las especies: menta, hierba buena, zacate de limón, manzanilla, canela, nin. Farmacias, peluquerías, carnicerías, cantinas, taquerías, tortillerías.

-¿Y eso?

-Tunas, son el  fruto del nopal.

-¿Nopal?

-Sí, el cactus.

-…

-¿Que no probaste el nopal? Es muy sabroso, luego te voy a hacer.

-¿Y eso?

-Guayabas

-¿Y eso?

-Papayas

-¿Y eso?

-Chayotes.

-¿Y esas de ahí?

-Híjole no mames, ¿es que no conoces nada? ¿No probaste el rambután?

-¿Qué cosa?

-Eso- dice y señala un fruto pequeño con flores de espinas, color rojo- Sabe a uvas, lo pelas y por dentro parece un ojo sin pupilas. Pruébalo, ve.

-No me dan muchas ganas de probar un ojo sin pupilas, gracias.

-Ánda ve, te va a gustar- dice y me empuja.

Voy, lo pruebo, es sabroso y nos venden diez por cinco pesos. Compramos. Después me lleva a un puesto donde sólo venden plátanos, de los machos, los colorados y los otros.

-Señito, ¿no tiene algún plátano que ya no le sirva?- pregunta. Y la señora le regala casi dos quilos de BANANAS!!!!!!! Bananas Deneb, allá le decimos así. Guarda las bananas en su bolsa y continuamos camino.

-Se me antoja un agua de jamaica, ¿a ti?

-No la probé aun, pero te acompaño.

-Chido- dice.

Caminamos hasta el puesto. Pruebo la jamaica, un líquido morado que bien podría servir para pintar. Deneb me explica que se hace con una flor, con los pétalos de la rosa de jamaica y que también puede tomarse caliente. La mera verdad es que no me gusta mucho, digo. Ella no lo cree.

Después me lleva a lo de otra señito que vende tacos por ochos pesos. Vende de gustos que no comprendo. Le digo a Deneb que elija, elige y entonces sí, ella me da la bienvenida a su país y me hace bañar el “taco al pastor” con salsa de chile habanero.

-Otro día pruebas el jalapeño- dice. Y yo me pregunto si el jalapeño es el taco o el chile, pero no digo nada.

Acabo de dar un bocado al taco y me pica todo el interior de la boca, los labios, la garganta. En la nariz siento como humo, los ojos lagrimean. El ardor es encantador. Empiezo a toser. Deneb se ríe.

-No mames, ¿es que no comes picante?

-Que no, ya te dije que allá sólo pimienta y ni tanto. Alcánzame agua- digo mientras carraspeo.

-Mejor vamos por una cerveza.

Vamos. Compramos una caguama, que es la botella que tiene más de un litro y a la que llaman así porque parece una tortuga. Mientras bebemos Deneb me pegunta por qué vine a su país, por qué harta cantidad de argentinos andan por aquí. Yo la miro, no contesto. Ella dice está bien, no digas nada, disfruta de tu primera enchilada.

María Victoria Ponce

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Acerca de mariavictoriaponce7

María Victoria Ponce nació en Azul, Provincia de Buenos Aires, Argentina, en el año 1987. Se graduó en Derecho en la Universidad Nacional de La Plata. Posteriormente cursó la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires, y participó del taller de escritura que dirige el escritor Alberto Laiseca. Sus textos y cuentos han sido publicados en revistas culturales y medios digitales de Buenos Aires, como Revista El otro, Cosecha Roja y Plaza de Mayo, ha participado en diversos ciclos de poesía, lectura y arte. Durante el año 2014 junto al músico Josué Geredus, y a la actriz Belén Orozco, creó la obra “La boca” con texto de su autoría. La misma fue presentada en bares y centros culturales de la ciudad. En junio de 2015 publicó su primer libro de cuentos "Cruzar la calle". Actualmente se encuentra trabajando en la edición de su primer libro de poemas “El balcón y el árbol”.
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