Feliz cumpleaños

Magalí Batiz

Magalí Batiz

Son las siete de la mañana, el reloj marca las horas que Juan Carlos lleva atado a las patas de la cama. No ha querido destapase, ni salir del lecho. Es invierno, el día veintiuno de julio. Juan toma nota de la fecha y recuerda que hoy, es su cumpleaños.

Cuando abre los ojos, tiene ante él una imagen firme, nítida, que le impide ver el placard que está junto a la punta de la cama y que se cae sobre su propia carga, algo que pensará después, cuando se aleje este sueño que le ha dejado en la cabeza una imagen suya, de niño, sentado en la punta de una mesa, frente a una torta de cumpleaños, mirando el rostro de su madre que va y viene, contenta y acelerada, cuidando todos los detalles de la fiesta.
– No estés chinchudo chiquito- dijo la madre con la voz de siempre, un poco entrecortada por la bruma del sueño.
Se ha despertado con una sensación de fluida pesadumbre, y en la garganta siente un sabor vacío, una contracción, un no saber cómo meter otro trago. Y es que además está asqueado, anoche ha bebido hasta quedarse dormido, y solo. Fue el Negro el que lo acompañó con la última copa, pero después se fue y Juan quedó sentado a medio dormir, sobre la mesa.
Juan no recuerda en la vigilia, a las nueve de la mañana cuando está preparando el mate, a qué hora se acostó ni cómo fue que volvieron a su casa. Se lamenta de la borrachera, y se dice a sí mismo:
-Treinta y ocho- moviendo la cabeza de arriba abajo, y por un instante se acuerda de lo que viene.
Tiene que ir a buscar los libros al taller de Eduardo, y reunirse con el dueño del negocio, esperar a que el Sr. Fernando haga chistes durante media hora, reírse, simular interés cuando lo que quiere es cobrar el sueldo e irse, después de entregarle al Sr. Fernando el papel donde consta que este mes ha vendido doscientos libros, valuados en total a veintiún mil pesos. Después tendrá que esperar que Sr Fernando se ponga los anteojos, reconsidere largamente las facturas, y le clave una mirada de odio, antes de meter la mano en el bolsillo, para después abrir la billetera, y contar, despacio, los billetes que Juan se ha ganado.
– Acá tenés pibe… El treinta por ciento.
Juan no sabe esta mañana, que el Sr. Fernando, antes de entregarle el dinero, los billetes de cien apilados de a diez, doblados al medio, y atados con un gomita elástica, le pedirá un favor.
El Sr. Fernando le cuenta que está enamorado. Necesita acercase a la mujer que lo tiene loco hace dos semanas, y que vive en la esquina de Arenales y Callao, en el departamento tres de la planta baja de un edificio nuevo.
Juan no logra discernir las intenciones del viejo, pero él se adelanta.
– Quiero que le lleves esto.
Saca un paquete envuelto en papel platinado, rojo y blanco.
– Son unos libros de religión budista y zen. Es una mina tipo espiritual viste, y bueno… yo creo que con esto la mato…
– ¿Ella sabe quién es usted? Es decir, ¿de parte de quien lo entrego?
– Si, va con esta tarjetita.
– Okey, bien.
– Eso sí, tiene que ser hoy. Es su cumpleaños.
Por un momento Juan vacila, parece que se le cae de la boca, pero se contiene y no le dice al Sr. Fernando que también él cumple años. No le encuentra sentido, y se ganará una media hora más de conversación estúpida con el viejo que es tacaño con el sueldo, pero suelto de mano si de mujeres se trata. Así que no dice nada, y asume que tendrá que ir hasta la casa de la mujer, después de hacer otras entregas, también ordenadas por el Sr. Fernando.
Entretanto recibe llamados, algún amigo colgado, su primo Ricardo, su tía Mabel, que hace treinta y ocho años lo saluda a las cinco y media de la tarde, que es la hora exacta en la que Juan nació, otro veintiuno de julio, en el Hospital Ferroviario, también lo llama una ex novia devenida en amiga, secreta e íntima.
La que no llama, ni llamará es su madre. Ha muerto, hace tres años.

***

A las cuatro de la tarde Raquel está tirada boca arriba sobre la cama, con el celular apoyado sobre el pecho. Ha trabajado cinco horas, durante la mañana, y el almuerzo ligero le ha dejado una sensación de atoramiento, de hueco áspero en el centro del estómago. Repite, constante, el almuerzo de siempre en la rotisería de siempre, la que está a dos cuadras de la oficina. Le ha pagado a Florencia las horas semanales que la chica se ha ganado cuidando al pequeño Iván. Y no cuenta con mucho más dinero para los gastos que se avecinan.
Raquel piensa en Pedro. Espera su llamado.
-Hace tan poco… – se dice en voz baja, con la mirada clavada en el pequeño Iván, que está dormido, en la cuna de madera blanca.
Mira el celular, amaga una llamada, vacila y desiste.
Toma un libro, lee. No tiene ánimo para ejercicios de relajación, aunque intenta respirar conscientemente:
– Inhalaaar, conteneeer, exhalaaar- se dice.
A las seis y media de la tarde suena el teléfono. Le nace a Raquel una esperanza. Es su madre, Raquel se aploma. No atiende. No encuentra razones para soportar una vez más las palabras y frases hechas de la madre que preguntará por el festejo, y le dirá que ya tiene lista la torta con almendras y nueces, y trocitos de chocolate, que le ha avisado a Javier y tía Nora, y que piden algo para comer por ahí.
Raquel sabe que a las nueve de la noche vendrá su madre a prepararle el evento, que Javier será amable, aunque pomposo y que tía Nora, antes de cruzar la puerta preguntará:
– ¿Cuántos años cumplís Raquelita?
– Treinta y tres- se dice Raquel, en voz baja.
Después se duerme, hasta que un timbre la saca de un sueño confuso que no recuerda, que se le escapa como por un pozo ciego, aunque intente retenerlo. “Quizá lo recuerde luego”, piensa.
No se le ocurre quien puede ser la persona que toca timbre y sea quien fuese, no tiene ganas de ver a nadie, salvo a Pedro, que se ha ido hace tres meses, porque ha decidido la separación y sólo se comunicara con ella por motivos del pequeño Iván, que han traído juntos, hace tres años, cuando la pareja funcionaba.
Se decide a no atender pero el timbre vuelve a sonar y se intriga. Camina hasta el potero, levanta el tubo.
– ¿Si?
– ¿Con Raquel Sánchez?
– Sí.
– Vengo de parte del Sr Fernando, de la librería de la esquina.
Raquel recuerda al viejo, setentón, un poco verde. Ha ido a comprar algunos libros la semana pasada, y en la conversación el tipo le ha sacado la dirección de la boca, con el cuento del envío a domicilio.
– No he encargado nada, disculpe.
– No es por un encargo, es un obsequio.
“Un obsequio”, piensa Raquel y dice:
– Disculpe, no puedo atenderlo ahora.
A Juan le nace una sensación de hartazgo, no quiere insistir, quiere entregar el paquete e irse a casa, el Sr Fernando ha sido claro: tiene que ser hoy, es su cumpleaños.
– A qué hora puedo volver, el Sr. me ha pedido que le entregue esto. Es por su cumpleaños, dijo.
Suena el teléfono, Raquel deja colgado el tubo del portero y corre hasta la habitación. El que llama es un compañero de trabajo, que se ha acordado de su cumpleaños. La conversación telefónica dura pocos minutos y Juan, en la vereda, pegado al portero, espera, impaciente.
Raquel guarda el celular en el bolsillo y se fija en el pequeño Iván, que duerme como un repollo porque ha estado jugando con Florencia toda la mañana.
Juan vuelve a tocar timbre.
Raquel se acuerda del viejo verde y no tiene interés en recibir ningún obsequio. Piensa en el hombre que está en la calle, esperando, y vuelve a junto al portero. Levanta el tubo.
– Hola
– Hola señora, disculpe, no quiero molestarla. Solo recíba esto y me voy.
– Es que no puedo, estoy esperando un llamado.
– Si no le entrego esto voy a tener problemas en el trabajo. Le pido por favor.
– Está bien.
Raquel toca el botón que abre la puerta, y Juan hace maniobras con el paquete que está pesado y envuelto en un papel resbaladizo, que le hace deslizar las manos.
Camina por el pasillo y llega al departamento tres.
Golpea la puerta.
Adentro Raquel está mirando el celular, tirada nuevamente sobre la cama, con todos los sentidos puestos en la espera de la llamada de Pedro, que no llega.
Se ha olvidado del viejo librero, de su ayudante, de su regalo. Todo en este momento es Pedro, su partida, sus cosas metidas en las valijas, el día se la separación y el pequeño Iván, que se le parece tanto y que ahora gira su cuerpito, de izquierda a derecha, para seguir durmiendo.
Juan golpea nuevamente, con mal humor. A esta altura está un poco enojado, no puede comprender las vueltas que ha dado la mujer para recibir su obsequio y considera que ha perdido mucho tiempo en el trámite. Ha quedado con el Negro en pasarlo buscar a las ocho, para comprar la comida y la bebida de la noche. Ha decidido hacer un pequeño festejo.
-Eh Juancito! no seas amargo…- dijo el Negro cuando lo llamó y lo convenció de juntarse con los amigos a la noche. Así que está apurado, con ganas de sacarse el paquete de encima.
Raquel, ensimismada y con el ánimo caído, se levanta de la cama, se mete el celular en el bolsillo y camina hasta la puerta. La abre.
– Hola
– Hola
Juan se da cuenta enseguida de que el Sr. Fernando, no tiene ninguna posibilidad de conquistar a la mujer que acaba de abrirle la puerta. Es joven, linda, aunque en este momento tiene los ojos como salidos de una pesadilla, y la cara pálida.
– Aquí tiene- dice Juan y le extiende el paquete- con cuidado, es pesado.
Raquel intenta agarrarlo, pero la detiene la vibración del celular, en el bolsillo del pantalón; es una llamada. Se desespera, mete la mano rápido, manotea el teléfono y cuando lo saca se le cae torpemente al piso. Juan intenta ayudar a la mujer, pero se le resbala el paquete de las manos y cae, sobre el celular.
Sin intervalos, sin decir nada, Raquel se larga a llorar. Juan intenta encender el teléfono, pero el aparato no funciona.
– Disculpe Raquel, voy a conseguirle otro. No se preocupe.
– Es que espero un llamado…- dice Raquel, entrecortando las palabras.
– Espere Raquel, puedo prestarle el mío, le pone el chip y listo.
En Raquel se enciende una esperanza.
– Pase, disculpe, no debí gritarle, no he tenido un buen día.
– No se preocupe, yo tampoco.
– ¿También hoy es su cumpleaños?
Juan sonríe, pero no dice nada.
– ¡Maaaaaaamaaaáa!
El pequeño Iván despierta.
– Es mi hijo, ya vengo. Póngase cómodo.
Juan se sienta junto a la mesa, sobre un banquito de madera. Coloca el chip del celular de Raquel en el suyo, y lo enciende. A los cinco minutos Raquel vuelve, con el pequeño Iván, que camina y habla a la perfección.
– Este es Iván.
Juan mira al niño.
– Hola…
– Hola- dice Iván, con mal humor, porque lo ha despertado el llanto de su madre.
– ¿Cuántos años tenés?
Iván alza su manito derecha, y doblando el dedo meñique y el anular indica tres.
“Tres años”, piensa Juan. Hace tres años él también estaba en el hospital.
– En el Hospital Gutiérrez nació este… Hacía un calor…
“Hacía un calor” piensa Juan y se acuerda; sus manos sudaban cuando vino el médico y dijo:
– La señora no resistió la operación.
Juan siente en la garganta un sabor amargo, intenta tragar saliva y le duele, algo allí, le raspa. Reconduce la conversación, se quiere ir.
– Bueno Raquel, por el teléfono no se preocupe. No lo necesito.
– ¿Seguro?
– Sí. Tengo otro.
Por alguna razón Raquel no quiere que Juan se vaya, necesita conversar con alguien.
– ¿Quiere tomar algo? ¿Un café?
Juan no quiere, se siente incómodo, un poco abrumado.
– Gracias, pero tengo que seguir trabajando.
– Bueno. Lo acompaño.
Mientras abre la puerta, Raquel dice:
– Dele las gracias al Sr Fernando, y dígale que estoy casada, es de mi marido de quien espero la llamada.
– Claro, le digo.
Juan camina, y antes de que Raquel cierre la puerta dice:
– Disculpe, olvide decirle Feliz cumpleaños.

María Victoria Ponce

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Acerca de mariavictoriaponce7

María Victoria Ponce nació en Azul, Provincia de Buenos Aires, Argentina, en el año 1987. Se graduó en Derecho en la Universidad Nacional de La Plata. Posteriormente cursó la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires, y participó del taller de escritura que dirige el escritor Alberto Laiseca. Sus textos y cuentos han sido publicados en revistas culturales y medios digitales de Buenos Aires, como Revista El otro, Cosecha Roja y Plaza de Mayo, ha participado en diversos ciclos de poesía, lectura y arte. Durante el año 2014 junto al músico Josué Geredus, y a la actriz Belén Orozco, creó la obra “La boca” con texto de su autoría. La misma fue presentada en bares y centros culturales de la ciudad. En junio de 2015 publicó su primer libro de cuentos "Cruzar la calle". Actualmente se encuentra trabajando en la edición de su primer libro de poemas “El balcón y el árbol”.
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