Juan Rulfo y los fantasmas de Comala.

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“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo”.

Así comienza Pedro Páramo, la única novela del escritor mexicano Juan Rulfo, publicada en 1955. La búsqueda del protagonista, nos lleva de viaje a un mundo extraño, al sur de Jalisco. Un mundo secreto y fantasmal. La muerte, la violencia, el crimen,  son las fuerzas simbólicas que atraviesan la novela y también el amor. Aquí les comparto uno de los fragmentos más conmovedores.

“Estoy acostada en la misma cama donde murió mi madre hace ya muchos años; sobre

el mismo colchón; bajo la misma cobija de lana negra con la cual nos envolvíamos las dos

para dormir. Entonces yo dormía a su lado, en un lugarcito que ella me hacía debajo de

sus brazos.

Creo sentir todavía el golpe pausado de su respiración; las palpitaciones y suspiros con

que ella arrullaba mi sueño… Creo sentir la pena de su muerte…

Pero esto es falso.

Estoy aquí, boca arriba, pensando en aquel tiempo para olvidar mi soledad. Porque no

estoy acostada sólo por un rato. Y ni en la cama de mi madre, sino dentro de un cajón

negro como el que se usa para enterrar a los muertos. Porque estoy muerta.

Siento el lugar en que estoy y pienso…

Pienso cuando maduraban los limones. En el viento de febrero que rompía los tallos de

los helechos, antes que el abandono los secara; los limones maduros que llenaban con su

olor el viejo patio.

El viento bajaba de las montañas en las mañanas de febrero. Y las nubes se quedaban

allá arriba en espera de que el tiempo bueno las hiciera bajar al valle; mientras tanto

dejaban vacío el cielo azul, dejaban que la luz cayera en el juego del viento haciendo

círculos sobre la tierra, removiendo el polvo y batiendo las ramas de los naranjos.

Y los gorriones reían; picoteaban las hojas que el aire hacía caer, y reían; dejaban sus

plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa

época.  En febrero, cuando las mañanas estaban llenas de viento, de gorriones y de luz azul.

Me acuerdo. Mi madre murió entonces.

Que yo debía haber gritado; que mis manos tenían que haberse hecho pedazos

estrujando su desesperación. Así hubieras tú querido que fuera. Pero ¿acaso no era alegre

aquella mañana?

Por la puerta abierta entraba el aire, quebrando las guías de la hiedra.

En mis piernas comenzaba a crecer el vello entre las venas, y mis manos temblaban tibias

al tocar mis senos. Los gorriones jugaban. En las lomas se mecían las espigas. Me dio

lástima que ella ya no volviera a ver el juego del viento en los jazmines; que cerrara sus

ojos a la luz de los días. Pero ¿por qué iba a llorar?

¿Te acuerdas, Justina? Acomodaste las sillas a lo largo del corredor para que la gente

que viniera a verla esperara su turno. Estuvieron vacías. Y mi madre sola, en medio de los

cirios; su cara pálida y sus dientes blancos asomándose apenitas entre sus labios

morados, endurecidos por la amoratada muerte. Sus pestañas ya quietas; quieto ya su

corazón. Tú y yo allí, rezando rezos interminables, sin que ella oyera nada, sin que tú y yo

oyéramos nada, todo perdido en la sonoridad del viento debajo de la noche. Planchaste su

vestido negro, almidonado el cuello y el puño de sus mangas para que sus manos se

vieran nuevas, cruzadas sobre su pecho muerto; su viejo pecho amoroso sobre el que

dormí en un tiempo y que me dio de comer y que palpitó para arrullar mis sueños.

Nadie vino a verla. Así estuvo mejor. La muerte no se reparte como si fuera un bien.

Nadie anda en busca de tristezas.

Tocaron la aldaba. Tú saliste.

-Ve tú -te dije-. Yo veo borrosa la cara de la gente. Y haz que se vayan. ¿Que vienen por

el dinero de las misas gregorianas? Ella no dejó ningún dinero. Díselos, Justina. ¿Que no

saldrá del Purgatorio si no le rezan esas misas? ¿Quiénes son ellos para hacer la justicia,

Justina? ¿Dices que estoy loca? Está bien.

Y tus sillas se quedaron vacías hasta que fuimos a enterrarla con aquellos hombres

alquilados, sudando por un peso ajeno, extraños a cualquier pena. Cerraron la sepultura

con arena mojada; bajaron el cajón despacio, con la paciencia de su oficio, bajo el aire

que les refrescaba su esfuerzo. Sus ojos fríos, indiferentes. Dijeron: «Es tanto». Y tú les

pagaste, como quien compra una cosa, desanudando tu pañuelo húmedo de lágrimas,

exprimido y vuelto a exprimir y ahora guardando el dinero de los funerales…

Y cuando ellos se fueron, te arrodillaste en el lugar donde había quedado su cara y

besaste la tierra y podrías haber abierto un agujero, si yo no te hubiera dicho: «Vámonos,

Justina, ella está en otra parte, aquí no hay más que una cosa muerta».

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Acerca de mariavictoriaponce7

María Victoria Ponce nació en Azul, Provincia de Buenos Aires, Argentina, en el año 1987. Se graduó en Derecho en la Universidad Nacional de La Plata. Posteriormente cursó la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires, y participó del taller de escritura que dirige el escritor Alberto Laiseca. Sus textos y cuentos han sido publicados en revistas culturales y medios digitales de Buenos Aires, como Revista El otro, Cosecha Roja y Plaza de Mayo, ha participado en diversos ciclos de poesía, lectura y arte. Durante el año 2014 junto al músico Josué Geredus, y a la actriz Belén Orozco, creó la obra “La boca” con texto de su autoría. La misma fue presentada en bares y centros culturales de la ciudad. En junio de 2015 publicó su primer libro de cuentos "Cruzar la calle". Actualmente se encuentra trabajando en la edición de su primer libro de poemas “El balcón y el árbol”.
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3 respuestas a Juan Rulfo y los fantasmas de Comala.

  1. Tú relato me ha dejado las emociones a flor de piel. Hay un par de frases que deslumbran y te dejan en esa situación tan difícil de plasmar en palabras (” La muerte no se reparte como si fuera un bien.”). Todo parece frívolo cuando sucede algo así y más en las “fiestas” que parecen ser los funerales.
    Felicitaciones por el relato, tiene un tono muy vivido, entre la serenidad y el shock.

    • Queridisimo, es un fragmento de la novela Pedro Páramo, del maestro mexicano Juan Rulfo. Ojala algún día salgan de mis dedos frases como estas- Saludos!

      • He metido la pata pero a lo grande. No recordaba ya la prosa de Rulfo. Tendré que volver a adentrarme en su Comala con más detenimiento. Ahora se me cae el alma a los pies cuando hace mucho una profesora me decía que a veces lees tanto que se te olvidan las cosas o se mezclan con tus recuerdos; en aquel entonces pensé con soberbia que eso era imposible. Los libros y sus historias son tan únicos e individuales. Ahora veo que me equivoqué muchísimo, aunque eso si, recordaré este funeral como recuerdo la muerte de Juvenal Urbino en Márquez o la que describe Delibes en Cinco horas con Mario.

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