El placard

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El placard

Daniela corría, la vi desde la ventana que daba al balcón. Los pies avanzaban por el aire, formaban círculos y apenas pisaban la vereda.

Le grité. Ella me vio. Vino hacia mí. Bajé. Nos encontramos en la puerta del edificio, estaba excitada. Dijo:

–          Paso algo horrible… necesito ayuda.

Entramos al departamento y me contó. Dijo que Julián estaba muerto, en su casa. Ella se estaba duchando cuando Julián entró al baño y comenzaron a discutir. Lo de siempre, él quería volver a la casa, intentarlo de nuevo. Le decía que había cambiado, que ya no iba a ser lo mismo. Comenzó a tocarla, acariciarla,  Daniela lo rechazó, le dijo que basta, que le devolviera de una vez las llaves de su casa, que era la de su padre, y que se fuera. El insistió y entonces ella lo empujó. Después Julián se resbaló,  cayó al piso, y se golpeó la cabeza con el borde del inodoro.

–          El golpe resultó mortal. No sé qué hacer Vanesa…

Lo primero que pensé es que un hijo de puta como Julián, se merecía estar muerto. Después pensé en la policía, en la posibilidad de que Daniela fuera a la cárcel y todo lo demás. Dije:

–          Hay que deshacerse del cuerpo.

–          Si,  es lo que pensé- dijo- Acabo de barnizarlo, para que se endurezca y no se pudra tan rápido. Va a empezar a largar olor, está muerto hace más de doce horas.

El tema era sacarlo de la casa de Daniela sin que nadie lo notara. Había que sortear varios obstáculos, en principio el padre que vivía con ella. Después el gatito León, que se alborotaría con el olor de la muerte, y por último los vecinos de la cuadra. Lo demás era fácil, teníamos que meterlo en el auto, y llevarlo al río, después de atarle en los tobillos el peso suficiente como para garantizar el hundimiento del cuerpo.

Se nos ocurrió que lo mejor que podíamos hacer era utilizar los materiales con los que Daniela trabajaba, para hacer los maniquíes con los que decoraban las vidrieras del centro. La fábrica quedaba cerca del barrio. Daniela ya tenía todo lo necesario en su casa.

–          Lo pinto con cal, después yeso, después pintura. De esa manera el cuerpo va a quedar duro. Como embalsamado, ¿entendés?

–          Si, algo entiendo.

–          Y para que no se note que es él, lo cubrimos con telas blancas, como una momia, lo sacamos de la casa como si fuera uno de mis trabajos, y nadie debería sospechar nada, ¿no?

–          Sí, vamos a necesitar ayuda, la llamo a Camila ¿si?

–          Sí.

Camila llegó a la media hora, se entusiasmó con el asunto como un niño con el regalo de reyes. Las tres fuimos a la casa de Daniela, el padre estaba en la cocina, sentado frente a una mesa, una pava, un mate y una azucarera rota, marcada por los costados con los dedos y la mugre. El color del semblante de Alfredo era amarillento, como si lo hubieran maquillado para su propio velatorio.

Caminamos directamente hacia la habitación.

Eran las tres de la tarde.

La casa era vieja, empapada por el olor de la humedad, sumergida en ese aire que tienen las cosas y los muebles de los muertos. Los objetos que adornaban los estantes eran pequeños animales de mármol o porcelana, elefantes, toros y conejos. Los cuadros que colgaban de las paredes estaban estropeados por el polvo, y alguna que otra vela derretida colgada de los sucios candelabros. Me había olvidado de la casa, hacía más de dos años que no la visitaba, desde que Julián se había mudado, a Daniela apenas la veía.

Entramos en la habitación, el mueble que estaba junto a la pared del fondo y que la ocupaba por completo, era marrón, con tres grandes puertas.

–          ¿Lo metiste en el placard?-  preguntó Camila

–          No. Está debajo de la cama.

A Camila le vinieron arcadas, cambió el semblante, como si en ese momento, al mirar el cuerpo de Julián, lustrado y sin un solo golpe, se hubiera dado cuenta de que Daniela estaba en problemas y nosotras, al intentar ayudarla también.

No teníamos tiempo, aunque el barniz cumplía cierta fusión, el cuerpo comenzaba a pudrirse y necesitábamos deshacernos de él.  Había un olor nauseabundo.

Daniela comenzó con su tarea. A los pocos segundos se detuvo. Con una brocha en la mano, dijo:

–          Hay que prenderlo fuego.

–          ¿Qué?

–          Si, esto no va a funcionar, está respirando.

–          ¿Cómo sabes?

–          Es evidente Vanesa. ¿No escuchas?

Entonces tenemos que prenderlo fuego, pensé.

–          Tenemos que asegurarnos de que esté muerto- dijo.

Después se tiró encima de él, y le apretó el cuello con las dos manos. El cuerpo de Julián permaneció quieto.

– Pero si está muerto Daniela, déjate de joder- dije.

–  No, que te digo que está vivo.

Lo cierto era que había olor a muerto, las palomas reunidas en la ventana, con sus patas rosadas y filosas, lo evidenciaban.

Pero Daniela no estaba satisfecha.

–          Voy a hacer una cosa, vaciarlo por dentro así se aliviana el peso, y podemos trasladarlo mejor.

Fue hasta la cocina y volvió con un gran cuchillo viejo, oxidado.

Camila la miro con los ojos desorbitados.

–          No estarás dispuesta.

–          Es lo único que nos queda. Hay que sacarlo de acá y prenderlo fuego

Con las dos manos agarro el cuchillo por el mango. Y lo clavo en el abdomen de Julián.

El cuerpo permaneció quieto, y ni una sola gota de sangre salió de sus entrañas.

–          Es un maniquí-  dijo Camila y me miró.

De adentro del placard salieron ruidos extraños, la puerta del medio se abrió y el cuerpo de Julián cayó contra el piso, el sonido hueco nos sacó del círculo febril de Daniela, que seguía clavando el cuchillo en el dorso del maniquí.

Las ratas corrieron en todas las direcciones, eran pequeñas, peludas, con largas colas filosas.

Julián estaba efectivamente muerto. Con varias heridas punzantes en la panza, amoratado, violeta, largaba un olor putrefacto. Las ratas lo habían devorado.

Camila gritaba, espantada por la velocidad de las ratas que se nos metían entre los pies. Yo miré a Daniela y la tomé por el hombro.

–          Pará, por favor, pará un poco.

–          Tenemos que prenderlo fuego Vanesa- dijo Daniela y dejó de acuchillar al maniquí.

–          Sí.

–          Los bidones están en el cuarto de atrás.

Busqué los bidones. Se los entregué a Daniela que en dos segundos terminó de rosear el cuerpo de Julián, el placard y las pocas ratas que aún quedaban dando vueltas alrededor del gato León, el gatito León, también muerto. Camila intentó frenarla.

–          ¿Vas a prender fuego la casa?

–          No, solo el placard.

Hizo una pausa.

–          También al viejo.

–          ¿Tu viejo?

–          Si, ese hijo de puta también está muerto. Ayudame a traerlo.

Las tres fuimos hasta la cocina y trajimos el cuerpo de Alfredo, el maniquí de Alfredo, o lo que sea que estaba duro y pesado.  Lo tiramos junto al placard, encima de Julián.  Daniela vacío el bidón de kerosene y busco los fósforos.

La cerilla apenas tocó el piso y el fuego creció incesante. Nosotras nos quedamos frente a él, mirando las cosas y los objetos deshacerse, unirse con las llamas que crecían y se alimentaban de su propia furia.

Los bomberos y la policía no tardaron en venir, y redactar actas y acusaciones. Después nos trajeron aquí, no sé si esto es una cárcel o un nosocomio.

Daniela dice que el doctor Darío nos va a sacar.

Camila reza. Reza mucho.

 

Maria Victoria Ponce

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Acerca de mariavictoriaponce7

María Victoria Ponce nació en Azul, Provincia de Buenos Aires, Argentina, en el año 1987. Se graduó en Derecho en la Universidad Nacional de La Plata. Posteriormente cursó la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires, y participó del taller de escritura que dirige el escritor Alberto Laiseca. Sus textos y cuentos han sido publicados en revistas culturales y medios digitales de Buenos Aires, como Revista El otro, Cosecha Roja y Plaza de Mayo, ha participado en diversos ciclos de poesía, lectura y arte. Durante el año 2014 junto al músico Josué Geredus, y a la actriz Belén Orozco, creó la obra “La boca” con texto de su autoría. La misma fue presentada en bares y centros culturales de la ciudad. En junio de 2015 publicó su primer libro de cuentos "Cruzar la calle". Actualmente se encuentra trabajando en la edición de su primer libro de poemas “El balcón y el árbol”.
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5 respuestas a El placard

  1. Me encanto Vicky! realmente me atrapo… genial que grande!

  2. Florencia dijo:

    Excelente me re atrapó.Nose como llegó. Esta historia en. Mi Facebook., pero. Fue muy lindo leerlo. Quiero otra historia

  3. josefina! dijo:

    Wooooaaau amiga, genial! Una historia durisima, pero excelentemente redactada. Estuve prendida hasta el final! Negra Idolaa!

  4. Barbara dijo:

    Es excelente!!! Atrapante! Quiero mas cuentos de la escritora Ponce.

  5. Ivi dijo:

    Muy buenoo!!

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