DEDOS

DEDOS: para tocar los bordes de las ciudad, las orillas de las caras amadas y las nubes que gotean las heladas; para sujetar al mundo, para apropiárselo abruptamente con dibujos atónitos de lava; para recibir la lluvia, para hacer sonar las cuerdas que besan la guitarra, para golpear y salpicar con sangre el cuero y la madera de un tambor, para que pueda cumplirse el ritmo, la carne y el sudor; ladinos, los dedos, cómplices del deseo y de la furia, trazan la boca que arquea el placer, forman garras para atrapar lo que no puede poseerse, para soltar lo que no puede dejarse; autómatas, amantes de las puertas que se cierran para que el hombre pueda vivir la intimidad de un dolor, o la alegría de una esperanza; dedos, para pelar los higos que regalan los caminos y abrir las ventanas que convidan luces y sonidos; dedos, para acariciar la piel del agua y trenzar palabras en corrientes contrarias; dedos, inquietos, traicioneros, pulsan el número equivocado y después hacen el fuego.

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SACRIFICIO

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Todavía escucho al Bobi, se ponía celoso y te ladraba, vos lo querías tanto como yo y los tres juntos éramos capaces de todo, ¿te acordás las escapadas al arroyo a la hora de la siesta, el puente colgante, la tierra, las totoras? ¡Cómo jugábamos Paquito! Carreras, manchas, escondidas, huevos podridos. Mamá pidiendo que dejara de jugar, que me metiera de una vez en la ducha y después en la cama. El Bobi siempre pegado a mí y yo pegado a vos por una cadena invisible. Todo era perfecto, hasta que mamá empezó con que estabas enfermo: que no había forma de salvarte, que ibas a estar mejor allá en el cielo, cerca del niñito Jesús, que teníamos que rezar y pedir por tu alma, todo eso decía.
Durante una semana no dejaron de venir los vecinos del barrio, todos sabían lo que estaba pasando y a su manera también te querían. Sin embargo me molestaban, las visitas que hacían con cara de susto confirmaban que era cierto, sufrías.
La que más me molestaba era la Rita, gritaba como una loca cuando te veía ahí tirado.
-¡Ay Dios santo, se muere, se muere!- decía.
A veces venía con su hermano, el viejo enano al que llamaban Arbolito, un hombre bien feo que me daba miedo, terror o no sé, algo parecido al vómito cuando está por venir, y que para colmo repetía como loro lo que su hermana decía, con esa cara de marmota moribunda.
Hacían fila para verte los desgraciados: la Yiya con la hija de Don Bruno, los nietos de Pericé, los Chingolitos más pequeños que se te tiraban encima hasta que mamá los echaba, la Margarita, que era medio prima de papá, con la mujer que vivía más allá, cerca de la casa de Chachá, y el señor Peralta, que me traía caramelos de su almacén, con ojos de abuelo tierno me acariciaba la cabeza y me decía: “quésevaser Ivancito”, y yo gritaba: “¿qué vamos a hacer? ¡salvarlo!”, salvarte quería. Pero todos ponían cara de resignación y se dejaban estar, te dejaban estar. Y mamá que no entendía y dejaba a entrar a esas viejas feas que se ponían a tu lado y rezaban, plegarias y plegarias que no sirvieron para nada, sólo para ponerte más triste y dolorido.
La única que no me molestaba era la hija de Carmela, que era más grande que yo pero parecía de mi edad. Ella te traía flores del jardín de la mamá, rosas de muchos colores ¿te acordás no?, vos ahí apenas sintiendo los aromas, pero contento, yo sé que sí.
Las viejas feas no paraban de rezar, de pasar las manos por el rosario descontando los nudos y mamá que no entendía. El único que entendía era el tío Alberto; le pedía a mamá que echara a las viejas, que me dejaran tranquilo con vos, para despedirte como Dios manda. Y peleaban, porque mamá decía que vos no eras mío, eras de Dios y te merecías esos rezos para salir del purgatorio, porque nada de andar con almas sueltas en la casa. Entonces yo agarraba al tío Alberto de las piernas, aferrado a la tela se su pantalón como si fuera una bandera, lloraba, vos sabes bien cómo lloraba y entonces mamá aflojaba y les decía a las viejas que se vayan. La Laura, la Mabel y la Yamatoli, eran las que más me molestaban, porque iban a casa a pasar la tarde, muertas del aburrimiento, solas, con los maridos ocupados en el trabajo, encontraban en vos, en tu agonía, algo que mirar con esos ojos de sapo reventado en el asfalto. Viejas feas y bigotudas. Todavía tengo ganas de pegarles con un palo y sacarlas a baldazos de agua de al lado tuyo.
Y Fabricio haciendo trámites, viendo dónde era mejor enterrarte, rezando también, aunque de un modo diferente, porque él, como yo, seguía pensando que era posible que te curaras, que era posible que no murieras. Aunque no decía nada y actuaba según mamá que parecía que disfrutaba con los preparativos.
Y papá nada, mudo, dejando que todo sucediera. Volvía del trabajo, se sentaba en el patio, cerca de la planta de cornetas naranjas, y miraba el cielo, largamente, con una tristeza que no voy a olvidar nunca. Me asomaba por la cortina de la ventana de mi cuarto, que daba al patio, y lo miraba, con unas ganas enormes de abrazarlo, de que nos consoláramos los dos con un abrazo interminable. Fue él el que me enseñó a quererte y sé, vos también sabes, que él te quería más que nadie, más que yo. Las viejas feas lo palmeaban, decían que daban el pésame y vos todavía estabas vivo, con nosotros, ahí, de una forma miserable, pero vivo, mirándonos.
Yo no creo más en Dios desde entonces. Tanto rezamos, tanto pedí que fuera mentira, que volvieras a levantarte y a correr hasta el arroyo con el Bobi ladrando; de alegría ladraba, no había nada que le gustara tanto como jugar esas carreras hasta el puente. Pero no era mentira, no podías levantarte y el plazo corría, el plazo que había puesto mamá, la fecha que había puesto mamá para el sacrificio:
-Si no se levanta para el viernes…no vamos a tener opción- dijo, con frialdad, con naturalidad lo dijo, como si dijera “voy al almacén”, y papá hizo un gesto de aprobación con la cara, y empezaron a buscar alguno del barrio que tuviera un rifle, y prepararon todo y yo sentí que estaba en una película de terror.
Llegó el viernes y vos no te levantaste, no podías Paquito, yo sé. Perdoname, no pude hacer nada. Llegó el maldito momento en que Sofía abrió la puerta del cuarto llorando y dijo:
-Ya está.
Yo no sé qué hice en ese momento, aunque intento no lo recuerdo. Creo que me puse a maldecir a alguien, a Dios, a la virgen, a quien sea que debía salvarte y no lo hizo. A mamá también, porque ella fue la desgraciada maldita que empezó con todo, y no le des la razón Paquito, no digas eso, no digas que te querías morir. Ya sé, te dolía, pero no es justo, nunca es justa la muerte. Y qué importa que en Herrería Nueva haya muchos caballos negros, yo te quiero a vos Paquito, yo te extraño, pero decime, ahora, donde estás, ¿ya no te duele?

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A tierra con el sur

El pasto arroja luz

sobre el agua del arroyo.

Los pasos del hombre,

grabados con arcilla,

reaparecen,

como ruinas descubiertas

por el sol.

Es el camino de siempre:

cambiante, laberíntico, verde,

poblado de musgo y piedra,

y clavos y troncos y arena.

Un camino de ficciones,

empotrado de espejismos

y tormentas,

caóticamente dulce,

musical y doloroso.

Es un camino de ida,

en vano intentan las criaturas

volver sobre lo ya cumplido

y consumado y olvidado.

Es un camino a contratiempo,

parece infinito

y es enredado,

un poco serpiente,

un poco alabastro.

A tierra con el sur,

se ajusta,

convoca al horizonte,

orquesta un gran acorde.

 

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Cruzar la calle

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Fotografía de Valeria Uhalde

El río está detrás, sin curso, como estancado en los bordes de la ciudad, negro. Por su anchura hay quienes lo confunden con el mar y más de uno ha visto al agua desmadrarse. La sudestada y la inundación son constantes en la ciudad donde vive Alison Torrada. Aunque ha ido pocas veces al puerto, sabe que allí el viento es frío y trae pensamientos vagos.
Ahora mismo llueve y Alison está parada sobre la vereda, con el paraguas cerrado, balanceándose al costado de su cuerpo. Espera que el semáforo le habilite el paso: lo mira, sin verlo. No es la primera vez. Durante el día lo ha hecho decenas de veces y todas se ha impacientado, no ha podido ceder a las órdenes coloridas de la máquina. Como si la luz roja que empieza a titilar, para luego marcar la figura humana en color blanco y dar apenas unos pocos segundos para cruzar la calle, se burlara de ella, y ella no pudiera evitar burlarla también.
Alison ha caminado durante horas por las calles oscuras del centro, ha sentido tristeza al ver los largos y finos edificios que tapan la luz del sol y hacen que la mañana se parezca a la noche. Ha entrado en ministerios, bancos y juzgados. Ha subido por escaleras y ascensores. Ha formado filas larguísimas, ha entregado papeles en las ventanillas y las mesas de entradas, papeles que fueron sellados para luego ser llevados a otras oficinas y otros bancos, para ser sellados nuevamente. Trámites y más trámites. Alison no ha pensado en ellos, los ha realizado con una monotonía aplastante, ha corrido sin pensar, precipitándose sobre los autos, que veloces y enfurecidos, han esquivado su pequeño cuerpo varias veces, con bocinazos e insultos.
Ha estado caminando durante todo el día como desprendida de la realidad. Lo único que le ocupa el pensamiento es la voz de la mujer que las últimas tres noches la ha llamado por teléfono y le ha impedido dormir.
La voz de la mujer no es ajena. Forma parte de la memoria que se abre y deja conocer la fuente de la que brota el tono y el sentido de las palabras:
―Nena, nena linda, nenita, vení ―le dice.
Alison pregunta, quiere saber cuál es el sitio al que la mujer quiere llevarla, pero la mujer no contesta, se limita a convocarla, pronunciando las palabras con pausa y entonación.
Mientras espera que el semáforo cambie, sin notar que ya ha cambiado muchas veces, Alison piensa que la lluvia que cae sobre su cuerpo, se parece a la voz de la mujer, que la empapa por las noches, cuando le dice:
―Nena, nena linda, nenita, vení.
La primera vez que llamó, la mujer dijo llamarse Lorena, pero Alison sabe que miente, que su verdadero nombre es otro, que no conoce.
Le ha preguntado cómo dio con su número.
―Vos llamaste― contestó la mujer.
Y Alison vuelve a pensar que la mujer miente y que esa mentira es encantadora. Eso fue la segunda noche, cuando Alison le dijo que quería conocerla. La tercera noche, es decir, anoche, la mujer le dijo que si ella quería, podían verse mañana, es decir hoy.
No han puesto hora ni lugar de encuentro. Alison sabe que la mujer podrá encontrarla fácilmente y piensa que no podrá esperar hasta la medianoche. Quiere conocerla ahora, lo sabe porque adentro suyo nace un deseo incontrolable.
La voz de la mujer suena en su cabeza.
―Nena, nena linda, nenita, vení― le dice.
La siente ahora, cuando la luz roja empieza a titilar de nuevo. Ella se precipita, se lanza a cruzar la calle, sin mirar. Los que están junto a ella intentan seguirla, pero el golpe seco los detiene.
El cuerpo de Alison rebota contra el capó de un coche azul, vuela y cae, liviano, como una pluma. La cabeza de Alison choca contra el asfalto. El conductor del coche baja, se lamenta. La gente hace círculos alrededor de Alison que yace con los ojos abiertos. La sangre que brota de la cabeza, forma un espejismo rojo sobre el pavimento. La mujer se refleja en él, ya no la llama, simplemente sonríe.

Victoria Ponce

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Canto al trigo que vive en mí

 
Ya lo sabes, te lo he dicho,
a veces la vida me colma
me llena de flores la cabeza,
de peces las garganta
y canto,
canto, canto,
suelto el sonido que vive en mí
como sueltan los niños los barriletes
para verlos volar
allá
en el cielo celeste.
Canto al beso que dejé escondido
en las copas de los árboles
cuando treparlos sangrando no dolía.
Canto a la flor del cardo,
a las espinas violetas
que acribillan sin matar
el pasto verde y el monte.
A la llanura le canto,
al matorral, a los maizales,
a la lluvia creadora
que cultivó la luz del girasol
y la frondosidad del algarrobo.
Ya lo sabes, te lo he dicho,
a veces soy un trigo
en las manos de un labrador
que canta también;
a través de su canto vuelvo
al origen del tiempo,
allá
donde la tierra y el hombre
son un mismo latido
transparente.

Victoria Ponce

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Felino de allá

felinodeallá

Sébastien Strzelecki

Estoy acostado boca abajo, con los brazos cruzados a la altura del pecho. Abro los ojos, siento en la cara el golpecito leve de un viento frío que proviene de los bordes de la ventana que está en la cabecera de la cama. Es invierno.
Enderezo mi cuerpo, miro hacia la puerta de la habitación: todo está nublado, borroneado. Me asusto porque entre las sombras veo a un gato; pienso que Martín, que está en la habitación de al lado, ha tomado la decisión de sumar al felino a nuestra pequeña casa, sin consultarme, lo que provoca una sensación de hartazgo en mí y grito:
-¡Martín!
No contesta, nada, silencio. Debe estar con los auriculares puestos, como siempre. O dormido, lo que no creo porque a esta hora de la madrugada suele estar despierto, dale que dale con la maquinita.
-¡Martín!
Nada. Grito dos o tres veces más, no obtengo respuesta. Me levanto de la cama y camino hasta su habitación, no sin antes pasar por delante de la puerta que da a la calle y que está desafortunadamente abierta. Pienso que una posibilidad es que el gato esté aquí por un simple descuido de Martín y no por su voluntad deliberada: no es la primera vez que deja la puerta abierta.
El gato se comporta de manera pasiva, es más alto que los otros de su especie. Lo miro y lo dejo andar. Él no tiene la culpa de estar acá.
Martín está efectivamente despierto, con los auriculares puestos. Le grito. No oye. Me paro frente a él, con un gesto incisivo señalo al gato con la mirada y pongo cara de querer saber qué es lo que pasa. Él sigue con sus cosas, dale que dale con la maquinita; no contesta, no me mira.
Intento acercarme pero algo me impide avanzar. Golpeo la mesa, su escritorio, Martín no percibe mi presencia en lo más mínimo.
Me desespera su actitud, o la mía de no darme a entender, de estar dando vueltas por la casa como un fantasma, porque no soy un fantasma, el gato tampoco.
Lo veo, ahora me doy cuenta, es el gato negro, el negrito; el que chilla de madrugada cuando pelea contra los otros gatos de la cuadra. De día también lo veo, se pasea de una punta a la otra por el techo de en frente, ese de ahí, que está lleno de mugre y cosas viejas.
Martín también lo conoce, tiene que haberlo visto alguna vez.
-Martín, che Martín- insisto, pero mi boca se mueve como en una película muda.
-Pensá, pensá, pensá- me digo.
Miro las cortinas de la habitación, están rojas, sin embargo recuerdo que a la tarde eran verdes, que siempre fueron verdes. El gato camina hacia ellas, estira sus patas delanteras, saca las uñas, las clava en la tela, hace caer las cortinas junto con la barra. Después me mira con esos ojos amarillos, sin rencor. Su cuerpo negro se eriza y espera. Martín no hace caso a la caída de las cortinas, ni a la luz invasora del farol de la calle.
Me acerco al gato, no pretendo hacerle daño, sino persuadirlo para que salga de la casa porque ahora está arañando los sillones y su actitud destructiva me incomoda. Cuando estoy por abrir la puerta el gato corre hacia Martín, salta hasta la mesa para después saltar hasta la cara. Se prende de los auriculares, de la piel de Martín, le rasguña la frente y la boca. De las heridas sale sangre.
Martín ahora me mira, se toca la cara y grita:
-¿Qué haces? ¿De dónde salió ese gato?
El gato se mete entre mis piernas, como refugiándose. Digo:
-Eso es lo que te quiero preguntar.
El gato camina hasta las cortinas que están tiradas en el piso y se posa sobre ellas. De alguna parte de su cuerpo sale sangre y las cortinas verdes se hacen rojas. Martín y yo nos acercamos, el gato nos mira con esos ojos amarillos que parecen dos llamitas de fuego y que ahora piden piedad.
De su vientre, que se abre como un tajo, empiezan a salir gatitos.
-No son gatitos mirá, son larvas- dice Martín.
Y yo miro, no puedo dejar de mirar cómo nuestra casa se llena de larvas.

 

Victoria Ponce

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Primer recuerdo de Plaza Oubiñas

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Daniela García

Los teros pasan cantando, van hacia el agua,

hacia el arroyo que está detrás. Los cardos azules

florecen en el monte y en la casa de al lado despierta

el hombre. Es él, Arturo Mateo Ibarra, mi tío.

 

Prepara un mate dulce y me sonríe

por sobre sus anteojos. Esos anteojos verdes

que se sostienen solos sobre su rostro cansado, curtido

por la pobreza y la explotación. A la vez, en sus ojos

hay dulzura, picardía. Me hace morisquetas,

juega conmigo. Tengo la sensación de no poder

atrapar nunca toda la luz que se origina en él.

 

Escucho que gritan mi nombre, son las chicas

de García que me vienen a buscar. Voy a correr

por la canchita pero antes le doy un beso, él sonríe.

Se queda preparando el campeonato; los pibes

del barrio están ansiosos por jugar. También

prepara la comilona, el día de reyes y el carnaval.

Está obsesionado con matar al hambre, a la miseria

y a la maldad.

 

Se hace de noche y ahí sigue el hombre, el hermano

de mi madre, desvelado una vez más. Lo han hecho

abuelo mis primos, se ha ramificado su sangre,

no morirá jamás.

 

María Victoria Ponce

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